Lovecraft

La oscuridad de la noche brillaba como fantasmas sedientos esperando una oportunidad y la luna era la única fuente de luz, bendita en su pureza y blancura, que desgarraba la sensación opresiva de esta oscuridad brumosa.

Yo tenía en ese momento unos quince años, edad en la que la mente despierta se abre paso a través de corredores de locura, o se evade de la realidad, pensando la mejor manera de desquiciarse y de desquiciar a los demás.

Continuando con el relato, diré que mi familia dormía, sumidos en la maravillosa placidez y el olvido sin límite de esa realidad inexistente que son los sueños.
Pues yo me hallaba tumbada en la cama, pensando en mi vida y en mis cosas, contemplando un punto fijo de la densa masa negra, ahora bien, sin ver nada, cuando fue mi propia mente la que me traicionó, derrocando por los caminos del terror, hasta más allá de la línea de la cordura.
Y fue tal el arrebato irracional que, alzando la mirada hacia el techo de la habitación, vislumbre una sombra, aún más oscura si cabe, un algo colgante de morfología semi humana que me observaba pasivo, muerto, en apariencia, de movimientos.

A medida que mis ojos recorrían la silueta del amorfo ser, y el miedo congelaba mis nervios de tal forma que me sentía verdaderamente agarrotada hasta en los huesos, de esa manera comprendí, asimilando una serie de ideas que me amordazaron nada más ver al monstruo: primero, estaba colgado en el techo,  o más bien “apoyado” en él. Y cuando este repentino, incoherente pensamiento, gracioso dentro de los términos de mi pesadilla, excavó su sitio en mi cerebro, me entraron unas ganas de reír poco pertinentes que acabaron por transformar mi terror en histeria.



Me gustaría describir esa cosa, o a esa cosa, en todo su asqueroso y repulsivo esplendor, pero veo, de cualquier manera, difícil hacerlo. Mi mente adolescente no haya palabras registradas en mi vocabulario capaces de describir los grados de repugnancia y horror presentes. Tal como era, parecía salido de un lugar por debajo del infierno, allí donde este existiese.
Y allí estaba, mirándome, si  es posible llamarlo de ese modo, con unas cuencas vacías, abismos de la propia muerte, quizá sin ver nada, traspasándome, sin embargo. Todo su aspecto, degradante y deforme, curvado, arrugado, reptaba por mi cerebro,  que no lograba del todo asimilar la escena espectral propia de una de las mejores películas de terror.

Creo que no grité por el irónico y no tan inesperado motivo de que mi mente, ante tal situación, se había vuelto racional y aceptado lo que aquella cosa, y en verdad, por Dios, sí era una criatura de las barreras del inframundo, venía a hacer en el techo de mi cuarto.
Y es que la muerte me ofrecía la mano y el peor de sus rostros, pensando que llegó mi hora.
Mas yo no pensaba lo mismo.

Y no pude sino hacer otra cosa que no fuera cerrar los ojos. Pero mientras los cerraba, en verdad los abría; y de ello fui consciente cuando, esperando de nuevo vislumbrar lo que asemejaba el rostro de la demoniaca criatura, no pude distinguir en la oscuridad, sin embargo, más que la silueta borrosa de la lámpara, el escritorio, con su silla, y las estanterías, dobladas bajo el peso del saber que encierran los libros, en cuyas páginas yo había navegado mil y una veces, como un Crusoe hambriento, perdida en la deriva de sus márgenes.

Vigilé, repase con la mirada, y sin moverme del sitio, cada rincón de la pequeña y alargada estancia, no creyendo, sino esperando, verla allí de nuevo agazapada, esperando cruelmente a que la locura hiciera mella en mis huesos para acabar luego rápidamente conmigo.
Pero me di cuenta, y en todo momento así lo había sabido, una vez que me halle libre de mi irracional y aniñado pánico y fui capaz de comprenderlo, aunque tal vez mi mente se negó a asumirlo ante el engaño de mis sentidos, que la criatura, ese ser que yo viera antes, no era sino la conjuración de mis propios miedos en una obtusa noche cerrada, en la que la luna era la única solitaria que se atrevía a rasgar la tez negra y brillante que presentaba el firmamento.
Creo que luego de eso volví a dormirme…


APUNTE: me parece un poco herejía dedicar un texto de tan pobre calidad a uno de los escritores que más me han influido, H.P. Lovecraft. Sin embargo, este micro relato que escribí hace ya unos cuantos años (es posible que cuando tenía 15, no lo recuerdo) está inspirado en su obra.
En aquella época me trajeron en casa un pequeño libro, de apenas 125 páginas, recopilación de varios de sus relatos, llamada "El alquimista y otros relatos". Formaba parte de una serie de libros conocida como "Maestros del terror". 
Fue el único libro que conseguí de aquella serie. Sin embargo, bastaron esas 125 páginas para enamorarme de la literatura de un loco y solitario Lovecraft. Maestro del terror.


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