No queda sino luchar.

Oyes, pero no prestas atención a los ruidos de los hombres y el filo de otras espadas como la tuya mordidas por la piedra.

Gracias a la espada que sostienes y a tu habilidad natural por la lucha estás sentado entre polvo, armas y fuego, afilando el acero y el temor.

No miras alrededor, ya sabes lo que hay, y el miedo, la arrogancia y la bravuconearía de los hombres se contagia rápidamente. Estás sereno, respiras tranquilo y no piensas en nada, contemplando solamente como el filo de la hoja se va volviendo más letal.

En torno a ti, cada hombre afronta esa noche como la cordura le deja. Algunos rezan, otros beben en silencio, otros preparan las armas... cada uno en sus pensamientos. Puedes sentir ira, miedo, serenidad, desesperación... pero solo hay un pensamiento racional en todos ellos.
Hoy están vivos. Mañana quizá no.

Esta certeza intenta ahondar en el fondo de tu conciencia, tratando de consumir la aparente tranquilidad que te envuelve. Pero poco a poco la expulsas de ti, sigues respirando de forma acompasada a los golpes de piedra en el filo de tu arma.

La noche es profunda y no hay luna.
Es irónico que sea el temblor de las llamas ardiendo en pequeñas pilas de troncos situadas de forma estratégica a lo largo del campamento el que atenúe el miedo a la salida del sol.

Solo te quedan unas pocas horas de paz. Terminas de afilar la espada y entrenas con ella, tratando de aligerar su peso en tus brazos. A pesar de los años, la experiencia y la seguridad, sabes que no es un arma afilada la que te salvará la vida mañana, si es que vives.

Siempre en silencio, la guardas y decides que dormir es la mejor opción. Te tumbas en un montón de paja dentro de tu tienda y mirando al techo piensas, por última vez, en que estás vivo. Mañana no podrás pensar en nada, será el instinto y la fuerza quienes decidan por ti si vuelves a ver el techo de la tienda, a sentir el cosquilleo de la paja entre los pies y la ruda tela de saco arañando tus brazos a salvo del frío.

Cierras los ojos y olvidas.



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