Quizás extienda Dios la mano...

El cabello largo y espeso ondeaba al viento reflejando los últimos rayos del día antes de que la luna y las estrellas hicieran acto de presencia. El sol se despedía con el color rojo intenso de la sangre, oscureciendo el horizonte con su progresiva marcha.

Arena y sangre. El desierto se prolongaba más allá de la vista y aún más. Más allá de la tierra de los dioses, donde la hierba era verde y las mujeres hermosas.

Con las últimas fuerzas del orgullo, la palidez del cansancio y la determinación del guerrero, había ascendido la monumental colina que separaba la vida de la arena. Y alzando la vista con arrogancia y algo de desgana contempló las primeras señales de vida humana. Algún poblado pequeño, con rebaños y un pozo casi seco. Los ojos azules clavados en las sombras que proyectaban las pobres estructuras de madera o piedra, ansiando sentirla ya.

Más lejos todavía, en la dirección de la que procedía, quedaba la gran Efemérides, tierra de viento, caballos y honor. Pero Belenus había cruzado la inmensidad del desierto, y lo había hecho con un pequeño saco lleno de agua, ahora vacío, y un pedazo de carne salada que no habría durado una semana. No sabía cuánto había caminado, pero había sobrevivido. Con la misma imperturbabilidad y constancia se dirigió hacia la aldea.


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