La sombra de la batalla

Levantas la cabeza y miras el cielo. El último atardecer se aleja debilitándose, cediendo protagonismo a la noche, que envolverá el cielo con su oscuridad, igual que la muerte rodea al soldado en el olvido.
Tú eres el soldado.

Bajas la cabeza y vuelves a la realidad de una tierra arenosa y desolada, y de tus últimos minutos de vida.
Vas a morir, y de pronto todo te parece mucho más vívido.
Cuando bajas la cabeza, percibes de reojo el movimiento lento de las nubes amoratadas descendiendo por última vez para ti.
Tu vista ahora está fija en la arena arcillosa que cubre todo el suelo, sientes cada grano punzando tus rodillas desnudas. También notas el recorrido de una gota de sudor, deslizándose por tu pierna derecha.
Te produce angustia.

A lo lejos, aunque no tanto como te gustaría, está él. El hombre que te ha sentenciado. Lo ves alejarse, decidiendo la suerte de otros como tú. La furia y el odio escapan de los delgados muros que los contienen, y puedes sentirlos envolviéndote. Deseas ir detrás de él, verle girarse sorprendido, con miedo en los ojos al saber con certeza lo que ocurrirá. Tu arma atravesando su estómago y su hígado como si fueran de mantequilla, desgajándolos suavemente en un último aliento. Algo rápido, no como en tu caso.

De hecho, agarras la espada, apretando los dedos de tu mano derecha, pero la herida de tu pierna absorbe todas tus fuerzas, y no puedes mantenerlos así. La tensión que sientes en los dedos se relaja, y sueltas el arma, aún sin rendirte, aunque conoces este final. Lo has visto en muchos otros hombres.

El calor de la batalla va disipándose, y empiezas a sentir el frío del metal de tu armadura, tejiéndote el cuerpo. A pesar de ello, continúas sudando, tu pelo está empapado y distingues tu propio olor; pasas la mano por el cuello, también mojado, para despejarte.
La vista no te falla, de hecho todo ha adquirido un mayor contraste, por lo que distingues lo que te rodea de una manera tan vívida que te marea.
Sin embargo, los ruidos a tu alrededor están distorsionados. No oyes voces, no oyes el ruido del metal enfrentándose, no oyes los pasos arrastrados de los moribundos.

Eres tú frente al mundo callado.

Empiezas a darte cuenta de que tienes poco tiempo. El tiempo entre un latido de tu corazón y otro te asusta. Sabes que cada vez bombea más lento, pero también que desde que te han herido hasta ahora solo han pasado unos segundos.

Ahora desvías tu mirada hacia la herida que te está arrebatando las fuerzas. Es un tajo profundo en la pierna izquierda. Te atraviesa todo el muslo, de hecho si no te equivocas, eso blanquecino es tu fémur apenas visible entre la sangre que sale de tu cuerpo, que ha quedado al aire. Esto te provoca arcadas, que no te hacen vomitar, solo sentirte un poco más mareado.
No estás seguro de qué hacer. Sabes que no puedes arreglar nada, que con las cantidades de sangre que estás perdiendo se te van los últimos instantes de vida.

Así que te tumbas.
Boca arriba aún eres capaz de sentir el temblor imperceptible de las pisadas de los caballos, los granos de arena te raspan en los brazos y piernas, algunas entrando en la herida.
A pesar de todo ello no sientes dolor en el muslo, aunque sí el cansancio y la pesadez de tu cuerpo.
El olor del miedo es inconfundible, pero no es el tuyo el que te llega, sino el de aquellos que te acompañan en silencio cerca de ti. También huele a sangre, a excrementos y al recuerdo del fuego ahora consumido.
Para encubrir estas sensaciones, recuerdas a la mujer que te ama y espera en casa, revives su imagen en tu memoria, y decides que es hora de rezar.

Ya no oyes nada y la noche se ha apoderado de tu vista, aunque afuera aún no se ha ocultado el sol. Ya no sientes la pesadez de tus extremidades ni el flujo de sangre que cae por tu pierna.
Los llantos se han apagado, y los olores han desaparecido.
Ni siquiera eres consciente de que ya no sientes nada.

El mundo sigue callado, pero ya no eres tú.





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