Dos

El jinete alza la vista en medio de la oscuridad, reflejada en el camino de estrellas del mar negro.

Respira la venganza en la noche fría y detiene el caballo. Su mirada fija al entresijo de árboles refleja su alma, negra como la noche y el horizonte.

Desmonta a la orilla de un pequeño lago, lienzo de belleza de la naturaleza celeste, se arrodilla y contempla la nueva forma siniestra que el agua en calma esculpe. 
Es una sombra al cobijo del infierno oscuro que llega tras la luz, del viento mortecino que mece suave sus cabellos, de la luna que hoy no ha salido.

El caballo emite un tenue relicho, casi tan dulce como el sabor del odio en los labios de su amo. Este se incorpora despacio y mira fijamente al animal, que entiende el gesto agachando la cabeza.
El jinete amaga una sonrisa cruel, vuelve a su montura y le instiga a continuar.

Aún queda camino en las sombras por recorrer, buscando el dueño de su ira con el fin de entregarle a los brazos del diablo.

El hombre apremia al animal y este acelera el paso.




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