Alma inmortal

El ser se escurrió entre las sombras del callejón, ocultando su alma negra a los ojos de los humanos, y esperó.

La sed irracional le impedía desarrollar pensamientos coherentes, sólo la sangre ocupaba una idea concreta y cerrada en su ingenio. Su propia inquietud le afanaba a descubrir su posición, a abalanzarse a las miradas de todos. Solo un instinto primario impedía que la locura aflorase por completo.

A través de dos cuencas negras que constituyen el sentido de la visión en los humanos, el ser espiaba, oculto en su callejón, la multitud que transitaba la calle en ambos sentidos.
El suelo empedrado y húmedo reflejaba turbiamente la luz de las tenues farolas que guiaban los pasos de los peatones.

El momento se acercaba en forma de un apuesto joven a la callejuela.
Las intenciones eran desconocidas, no así el destino que le tocaba. El joven se adentró en la oscuridad con pasos inseguros pero directos, buscando algo o a alguien.

El monstruo se deslizó con el sigilo de la muerte alrededor del muchacho, respirando su olor y notando como aquel se estremecía, seguramente sintiendo una presencia no debida.

Quizás el joven notara su corazón bombear más deprisa, respirará el aroma del monstruoso ser o llegará a oír el gruñido de satisfacción de su atacante. O quizás no. Tal vez los sentidos se nublaron para el muchacho y lo último que llegara a reconocer fuera el efímero sentimiento de terror primitivo frente a la muerte.



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