Éste es mi reino

Hubo una época lejana en que era humano.
Recuerdo mi antigua mortalidad con amargura y reprimo el deseo de desgarrar mis pulmones con un rugido estéril. No alimentaré mi impotencia.

Ahora vago en un reino vacío de esperanza y redención. 
Un día fui humano. 
Pero la bestia ha engullido cada resquicio de razón y el instinto se mezcla con el placer de la sangre de quienes atraviesan el umbral.  

¡Temerarios! 
Claman osadía mientras cruzan al infierno al que pretenden enviarme, inconscientes, ignorantes de que su existencia se forja al destrozar los huesos de sus cráneos entre mis garras. Y mientras sucumben a su final, la claridad se vislumbra durante un instante en su mirada, para desaparecer por siempre, danzando hacia el Érebo, sin óbolo para Caronte.*

Éste es el infierno.
¿Te atreves, temerario?
Éste es mi reino.





*Nota: lo primero, como siempre, no tengo los derechos sobre la imagen. El texto sí es mío, pero la imagen no. Segundo, en esta entrada he utilizado bastante término mitológico griego y quiero aclarar algunos conceptos.
El Érebo era una de las regiones, la primera, del Hades, o infierno, para los griegos.
El óbolo es una moneda griega con la que se pagaba a Caronte, el señor majo de la barca que te llevaba al infierno para siempre jamás.

La voluntad de Dios

Me pidieron que rezara.

Me dijeron que fue la voluntad de Dios quien se llevó a mi padre. Respondí que la voluntad de Dios también era que yo arrancara cada pedazo de carne del cuerpo de mis enemigos, hasta que el alma oscura escapara entre los jirones camino del infierno. Pude ver el horror en sus ojos y al padre John persignarse entre los temblores que les provocaba el odio en mi mirada.

Me dijeron que rezara por los enemigos de mi padre. Por mis enemigos. En aquel momento desarropé mi espada de la calidez de su funda y contesté que ella rezaría por mí.

Nadie puede curar ese dolor, ni siquiera Dios. No hay más alternativa que arañarlo con sangre y tiempo. Dios abandonó todo vestigio de misericordia ante la crueldad del hombre, contemplando fríamente la desesperación y la necesidad de unos, doblegados ante la violencia y el poder de otros. Dios no merece un hueco en mi alma; ni siquiera merece existir.

Con esos pensamientos en mente me preparé a partir.